El tallero de mi casa
El reloj de mi casa sonaba cada cuarto de hora. A las y cuarto, a las y media, a las menos cuarto y a las en punto de todo el día y de toda la noche sonaba una musiquita que tengo a fuego en mi memoria, además de las campanadas de cada hora. A mi abuelo le gustaba saber en qué momento de la madrugada se encontraban sus desvelos. El viejo se acostaba pronto, se quitaba su dentadura, nos hacía la machangada de reírse sin dientes para provocar las carcajadas de mi hermana y mía, y pa' la cama. Tempranito se levantaba, vaciaba la escupidera que lo acompañaba cada noche bajo la cama, y se mandaba una escudilla de leche y gofio (de trigo), encolmada y atifada de queso y bizcocho a modo de sopa. Siempre me llamó la atención el trabajo que tenía que dar fregar esa loza tan compacta que bien podría unir los bloques de una pared. Dos pájaros canarios fueron siempre los alegres enjaulados que amenizaban las tardes de siesta de mi abuelo, cuando hacíamos el esfuerzo de guardar silencio para q...