La Roja y los indepes
Siempre que llega un mundial de fútbol (como evento deportivo de mayor difusión y seguimiento, probablemente), en mi entorno se genera una expectación por mis pasiones, la cual en realidad entiendo. Soy independentista. Siempre me he definido con ese término por lo específico que se muestra, aunque también soy consciente de la cantidad de prejuicios que arrastra y las censuras que genera si no existe la posibilidad de un debate junto a la exposición, y a veces aun con este. Por resumir mucho, lo cierto es que no sigo a una selección que, por su propia configuración, elimina la posibilidad de que exista y compita la mía. Aquella con la que yo me defino y a la que tan poquitas veces y de manera amistosa he visto jugar: la canaria. Esto ya de por sí es un debate intenso pero no pretendo abordarlo ahora.
Pero sí voy a ir un poco más allá en la explicación, aunque me muestre de una manera más expuesta. Quizás como si estuviera realmente dirigiendo estas reflexiones a compañeras y compañeros independentistas. En un juicio, la confesión inculpatoria sería: “sí, he deseado la derrota de España”. Que España caiga eliminada en un mundial o un torneo cualquiera pone fin al dolor que le genera, a alguien con la concepción de nación que yo tengo, el hecho de que sus compatriotas abracen los símbolos nacionales de la nación opresora. De la metrópoli. De los godos. Términos todos ellos que seguro que ofenden a alguien, pero les repito que quiero abrirme a mi pueblo porque, pese a cualquier concepto ideológico o de status quo, me siento profundamente parte de él. Cuando España cae se van de nuestro campo de visión las pinturitas rojigualdas en la cara, y del auditivo, los hirientes cánticos de “yo soy español, español, español” y las celebraciones de los goles con esa pasión que tanto une en ese instante, y que el fútbol sabe canalizar de manera tan efectiva. Que se acabe el espectáculo, reconozco honestamente, alivia.
¿Pero qué implica ese silencio? Ese fin de la obra. Un mero analgésico. Esa gente (amigas y amigos, familiares, personas de todos los ámbitos de mi vida personal a las que quiero) deja de mostrarme tan visible y apasionadamente esa traición que yo siento. Pero no se borra. Cuando ese gol no entra o el partido cae a favor de ese otro extraño al que animo casi siempre en silencio, los míos se entristecen. Desearon ese gol. Sintieron esa pertenencia. No deja de ser real. Solo me alivia no verlo expresarse hasta dentro de un tiempo. Esa lucha contra la realidad es más un sufrir mientras llega el desenlace deseado que una verdadera sensación de disfrute con la victoria de la selección de turno. Pero realmente no disfruto un mundial como otro «semifutbolero» como yo. No al menos en todos los partidos. Sigo gozando las proezas y las venganzas históricas de las excolonias contra las metrópolis, las épicas donde el chico ganó y el grande perdió. No dejo ni quiero dejar de leer en clave política el enfrentamiento de dos equipos conformados precisamente por la realidad política y no por otra cosa.
Pero también toca poner en su sitio ese fervor. Muchas veces por moda, por seguir la marea, por presentarse como un sujeto más de un colectivo social al que tanto nos gusta pertenecer y que se nos reconozca, es por lo que se llenan los bares de gente que en cuatro años no se parará a ver otro partido de fútbol. O sí, pero lo harán siguiendo a un Madrid o un Barcelona a cuyas sedes sociales se adscriben de manera casi azarosa, sin mayor vínculo que el futbolero. Esto no debe preocuparnos a los “indepes”. Debería preocuparnos más el declive tan profundo en el que se encuentra la concepción nacional de Canarias y la responsabilidad que tenemos los que no hemos sabido aprovechar otros tiempos un pizco mejores y hoy somos un residuo político. Lo que no se nos puede escapar es que el fútbol es una herramienta que la españolidad ha sabido usar muy bien. Está logrando que una pulsera de España o una rojigualda guindada en la ventana no tenga que ser necesariamente facha, por mucho que a los fachas les excite en este sentido más que por ningún otro. Después de ver cómo los “cientocincuenta” llenaron en el año 2010 las calles de banderas españolas con el doblez todavía hecho, esa relación directa en la que nos escudamos los sietestrellados se empezó a difuminar.
Ni es tan inocente, ni es tan definitivo. El análisis político es mucho más profundo, pero no puede olvidar estos aspectos que, como decía Eduardo Galeano, hacen del fútbol un acontecimiento que debería ocupar los libros de historia.
Este asunto lleva un apasionante debate político detrás. El juego de ‘La Roja’ y que se acuñara este término en su día hasta ser hoy antonomasia es también interesante reflexionarlo. Pero siento que los independentistas debemos asumir el dolor y no enfrentarlo cuando nos hiere un cántico que creíamos que no se llegaría a instalar en nuestro paralelo africano. Aunque sea por salud, y quizás también por estrategia, que en algunas ocasiones, el choque no nos funciona tan bien.
Con todo, no niego que en la final seguiré dando la lata a mis amigos usando la Inteligencia Artificial para vestirme con la camiseta de la selección de turno, y jugando con la ventaja de no asumir nunca una derrota como propia. No iba a ser todo malo.
Rubén Jiménez Sánchez

Creo, Rubén, que es un introanálisis honesto, cargado de indefensión desde el primer momento, como lo fue todo el proceso de la conquista, la colonización y la situación sociológica actual.
ResponderEliminarYo empatizo con tu postura, pero trato de ser más sinceramente objetivo, por encima de mis deseos, en respeto a la realidad que es y a la mayoria de los hermanos canarios que siente de una forma distinta a la que pragmáticamente se posiciona.
¿Esto qué significa? Que esta dura disonancia merece un anális más detallado que será objeto del artículo del próximio domingo en Diarios de Avisos...
Y seguramente suscitará más ruido y más opiniones en contra que este tuyo, aun posicionándote como INDEPENDENTISTA, pues ningún españolista va a guerrear contigo por considerarte un mosquito en una granja de caballos, felinos y leones; mientras que los tuyos te aplaudirán por tus testículos de oro. Mi artículo, por ser conciliador y análítico de una realidad psicosocial, se verá como un conejo muerto picoteado en lo alto y en el arco de la calle por todas las aves que crucen, no convenciendo ni a uno ni a otros. ¿Cuál es mi teoría?
En esencia:
NOSOTROS, los canarios, constituimos una entidad viva cuya fuerza reside en ser un *todo* resiliente, situado por encima de la simple suma de sus partes.
Suelo recurrir a la metáfora del agua para explicar este fenómeno de la canariedad: el agua es una sustancia con propiedades físicas y químicas completamente distintas a las del oxígeno y el hidrógeno que la componen. De la misma forma, la identidad canaria no es la mera yuxtaposición del conquistador europeo y del guanche conquistado. Pretender reducirnos a una lucha dialéctica o a una dualidad inconciliable es ignorar la alquimia de nuestra historia.
Somos una realidad nueva, singular y única, nacida de un complejo proceso de emancipación colonial, de maduración identitaria y de realización constructiva superadora.
Ha sido esa capacidad colectiva de moldearnos en la adversidad la que nos ha salvado del colapso a lo largo de los siglos, y es esa misma resiliencia la que debe guiar nuestra mirada hacia el futuro.
En definitiva, en este contexto, admito y valoro razonablement todo tipo de opción política, incluido el independentismo, pero sin que se anule el componente europeo, español, en particiular, en gestos y genes, como tampoco el ala guanche, también en gestos y genes, que tantas veces se ha ha querido borrar, pues, valoramos los compònentes, sin considerar las proporicones, viendo que somos otra cosa distinta, como el agua al oígenos e hidrógeno, o el árbol a la semilla que lo engendró. Nosotros, ahora, somos CANARIAS, con ese protagonismo heróico, diferenciado y resiliente de nuestro pueblo en su odisea histórica y futura.