El Valbanera
Pero a Pepe le tocó subir una vez más con el viejo a El Morro. Allí pasaban las vacas temporadas de pasto comiendo lo que su padre se deslomaba a sembrar con sus manos dolidas de la artrosis. La mejor siembra era para las vacas. La mejor leche era para hacer queso. El mejor queso era para venderlo. Todo ese sistema de producción autárquica se volcaba en la idea de poder comprar algo de lo que no había, pero casi nunca había algo que comprar. Pero lo bueno de ir a El Morro era la cantidad de gente que se encontraban por el camino: vecinos con sus bestias, gente vendiendo, marchantes, carboneros, latoneros... Con todos paraba su padre a hablar, y de aquellas historias enriquecía Pepe su imaginación. La echaba a volar cada vez que veía el Puerto de La Luz desde lo alto y los barcos entraban y salían a puertos que solo la radio, puesta muy bajito, les mostraba. Radio Pirenaica, Radio Budapest y multitud de ondas clandestinas que entraban sigilosas en su casa le contaban historias de un mundo desconocido. Tan desconocido como familiar le era Cuba, presente en las décimas que su padre le cantaba y él memorizó para sentir que también pisó alguna vez la Perla del Caribe. De allí vino su padre con un baúl y un reloj, y muchos cuentos. Y de allí vino también uno de los transeúntes de aquellas veredas que llegaban a la cumbre: un hombre que pasaba a veces con su burro cargado de carbón para vender.
—Ese es buen amigo de echarse sus copitas —le decía su padre bajito mientras se acercaba el carbonero.
—Buenos días, Pepito —saludaba el del burro.
—Buenas, usted —contestaba Pepito padre.
A poquito que el hombre podía, aprovechaba la oportunidad para justificar sus hábitos etílicos:
—¿Usted sabe que a mí la bebida me salvó la vida?
Pepe, con los ojos como chernes, estaba frito por escuchar la historia y ver si se parecía a alguna de las decenas que, en segundos, pasaron por su cabecita.
—¿Y eso, cristiano? —respondía Pepito padre como si realmente le sorprendiera aunque fuera un pizco la historia que tantas veces había escuchado.
—Sí, señor. Yo fui pa' Cuba nuevito en el Valbanera.
—Claro —contestó el padre de Pepe—. Bastante gente de El Rincón fue pa' Cuba en ese barco, y hasta mujeres con sus bordados, que allá gustaban tanto. Fuerte desgracia.
—Pues de esa desgracia me libré yo por las copas, como le digo. Resulta que el barco paró en Santiago de Cuba primero, y aunque yo iba para La Habana, me bajé un ratillo con unos amigos a echarme unos pizcos, que la oportunidad de ver Santiago no la iba a tener otra vez. ¿Pues se cree usted que la templadera que nos cogimos nos hizo perder el barco y salió sin nosotros?
Pepe hijo no tenía cascos donde meter los ojos. ¡El viejo se cogió una chispa que le salvó la vida! Normal que ahora se la pasara templado. Qué menos. Más de cuatrocientos canarios desaparecieron en aquel barco por un temporal que no le permitió atracar en la capital cubana.
—Dito sea Dios —replicó su padre—. Se tuvo que quedar usted asombrado cuando supo cómo acabó toda aquella gente que sí siguió para La Habana.
—Cállese. Me desalé. Pero pensé que no tenía mejor amigo en esta vida que el vasito
ron. Pa' que usted vea lo que yo pienso cuando la gente me dice que si bebo mucho. ¡Ah, pa'l coño! —exclamó el viejo mientras se marchaba riéndose.
—¿Te fijas, pa? El hombre se salvó por las copas...
Este cuento me lo hace mi padre con frecuencia cuando habla de ese naufragio tan arraigado en el imaginario popular y que llegó a mí directamente por esa vía. No es la historia del Valbanera algo que haya calado como otras de fuera que el cine se ocupó de hacer nuestras. Hace poco vi el relato que la Televisión Canaria recreó en su serie documental Insulae, y me apeteció aportar una de las tantas historias que se truncaron o escaparon en ese episodio de nuestra historia de emigrantes.

Comentarios
Publicar un comentario