El tallero de mi casa

El reloj de mi casa sonaba cada cuarto de hora. A las y cuarto, a las y media, a las menos cuarto y a las en punto de todo el día y de toda la noche sonaba una musiquita que tengo a fuego en mi memoria, además de las campanadas de cada hora. A mi abuelo le gustaba saber en qué momento de la madrugada se encontraban sus desvelos. El viejo se acostaba pronto, se quitaba su dentadura, nos hacía la machangada de reírse sin dientes para provocar las carcajadas de mi hermana y mía, y pa' la cama. Tempranito se levantaba, vaciaba la escupidera que lo acompañaba cada noche bajo la cama, y se mandaba una escudilla de leche y gofio (de trigo), encolmada y atifada de queso y bizcocho a modo de sopa. Siempre me llamó la atención el trabajo que tenía que dar fregar esa loza tan compacta que bien podría unir los bloques de una pared. 

Dos pájaros canarios fueron siempre los alegres enjaulados que amenizaban las tardes de siesta de mi abuelo, cuando hacíamos el esfuerzo de guardar silencio para que durmiera. Después de lograr el hito de aguantar no más de quince minutos, las escandaleras de los pleitos entre mi hermana y yo, ponían fin al juego que tuviéramos entre manos, a la dictadura del piar de los presos emplumados, y al descanso de mi abuelo que, resignado y sin rechistar, se vestía el pobre y se iba a atender la tierra en Los Corralillos; aquel rincón donde seguramente fui concebido como el niño más deseado de 1985. 

Pero a pesar de los cuartos, las campanadas, los pájaros, la escupidera y las perretas de mi hermana, uno de los sonidos más añorados de mi infancia es el goteo de la talla. No hubo en mi casa agua embotellada hasta mis catorce años. En ese momento vivimos una de las mayores mutilaciones que puede sufrir un hogar: quitar el tallero. Hasta las obras que transformaron la planta baja, vieja y principal de mi casa en una próspera panadería, el tallero fue la fuente de hidratación -junto con la leche- más importante de mi familia. Cuando hacía falta, mi abuelo cargaba en su coche una tonga de garrafas que teníamos en el garaje, jalaba pa'lante los asientos de atrás para que cupieran más, dejando sólo ese hueco donde los niños nos sentábamos sin cinturón con la cabeza asomada en los dos asientos de alante, y ahí me montaba yo. En Corralillos, en una cantonera que no sabría ubicar pero donde siempre vi agua correr, me lo pasé pipa llenando garrafas con mi abuelo y dejándome enchumbar los pies simulando que era fruto de un recurrente incidente. Él, por supuesto, cojo y viejo, pero duro como un risco hasta su último latido, las cargaba y colocaba en el coche con una capacidad para aprovechar el espacio que sólo los expertos jugadores del Tetris podrían emular. Esas garrafas se ponían bajo el tallero y servían de repositorio una vez la talla y la pila se iban vaciando. La pila, vestida de culantrillos, destilaba el agua fresca y con ligero regustillo a tierra que tanto sabía. Y en cada gota había una nota. Y en cada compás de gotas, caóticos pero armoniosos, estaba la discreta música que sólo ocupaba los ratos de silencio en una casa tan ruidosa.

Las gotas de mi talla no solo me refrescaron las tardes de verano a las que en pleno mes de julio no dejo de recordar. Las gotas de mi talla fueron parte de esa banda sonora de cuartos, campanadas, pájaros condenados, berrinches de hermana chica, timbres, teléfonos, escupideras y la voz de una madre de la que hasta sus pleitos echo hoy tanto de menos.


Rubén Jiménez Sánchez

Comentarios

  1. Me encanta tu historia personal, aunque resuena más el análisis cognitivo que las vivencias emocionales, como si la IA pasara con la guadaña cortando tus emociones vibrantes que, tú, Rubén, seguro tendrías como sugiere tu crónica impecable.

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    1. Ya sabes que los detalles más internos y emocionales los guardo para fueros más confiables que la propia red. Gracias por tu lectura y tu comentario, amigo.

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